Abordaje terapéutico del trauma relacional en situaciones de violencia intrafamiliar

“Los sentimientos de valor sólo pueden florecer en un ambiente donde las diferencias individuales son apreciadas, los errores son tolerados, la comunicación es abierta y las reglas son flexibles. El tipo de atmósfera que se encuentra en una familia que nutre.”

Virginia Satir

Como indica la cita anterior, de la considerada “madre de la terapia familiar”, Virginia Satir nos ofrece en unas pocas líneas, y de forma directa y concreta, la esencia de lo que la gran mayoría de los y las profesionales consideramos acerca de la familia: su concepción como factor de protección. Partiendo de esta idea, encuadraremos el concepto de familia como sistema en el que los seres humanos nos construimos y constituimos como tales, a través del cual generamos una percepción del mundo, de los demás y de nosotros/as mismos/as. Sin embargo, existen familias que no logran cumplir las condiciones que Satir ofrece en su reflexión. Hablamos de familias que, lamentablemente, no aportan ese marco de seguridad y protección que las personas necesitamos para poder sobrevivir. Estamos hablando de la existencia de violencia en el seno del sistema familiar.

La violencia intrafamiliar (VI) desencadena una serie de comportamientos violentos que ocurren entre los miembros de una familia, y que sucede dentro del entorno doméstico (y, a veces, también fuera del mismo). En esta situación, encontramos una figura que ejerce su poder, su autoritarismo (que no autoridad) y su necesidad de control desde una posición agresiva y violenta (agresor/a); y una persona que padece de forma directa dichos ataques (agredido/a). Ante esta circunstancia, se percibe una desigualdad manifiesta entre ambas partes, siendo el/la agresor/a la persona que “sale ganando” ante la resolución de los problemas que se pueden plantear.

“El trauma relacional es una forma de caracterizar la ruptura de la seguridad y estabilidad
que sufren las personas de forma abrupta, traumática”.

En este artículo, vamos a centrarnos en la violencia que ejercen los padres y madres con este perfil, sobre sus hijos/as. Éstos/as últimos/as viven en una situación de riesgo notable, dado que se encuentran en una posición de inferioridad y desigualdad importante. ¿Cómo sobrevivir ante una situación tan traumática? ¿Qué significa que las personas referentes en sus vidas (padres y madres), responsables de aportarles el amor y seguridad que necesitan, son, sin embargo, los que les provocan un daño tan inmenso? ¿Qué repercusiones emocionales, físicas y relacionales se producen al vivir dichos episodios violentos? Sin duda, todas estas cuestiones no sólo nos inquietan y preocupan, sino que también nos hacen reflexionar sobre la importancia del vínculo afectivo entre padres y madres e hijos/as que tiene en el desarrollo psicológico de las futuras personas adultas.

El apego es el vínculo afectivo que las personas establecemos con nuestros padres y nuestras madres, y que es esencial para nuestra supervivencia. Cada vez más, afortunadamente, en las intervenciones psicológicas, se está incorporando el abordaje de las teorías del apego para la conceptualización íntegra de los casos que nos encontramos en consulta. Identificar de manera adecuada y rigurosa qué tipo de apego se ha desarrollado entre los miembros de una familia, nos va a permitir abordar las dificultades de una manera más eficiente y completa. El apego resulta importante en tanto en cuanto facilita las bases en las que los seres humanos nos construimos y constituimos como tales. Este lazo afectivo facilita no sólo la seguridad y regulación emocional que necesitamos, sino también la reparación del daño experimentado, la percepción de disponibilidad (física y/o emocional) para ello y de la recepción del consuelo y contacto que necesitamos de esas figuras de apego referentes.

En las familias en las que se viven episodios violentos, evidentemente, estas “funciones del apego” no se producen como tal. Por el contrario, nos encontramos con familias con vínculos de apego inseguros, que desencadenan importantes problemas psicológicos, como dificultades en la regulación de las emociones, autoestima baja, problemas en las relaciones afectivas, abuso en el consumo de sustancias, etc. Entre todos ellos, cabe destacar lo que podemos denominar el trauma relacional, o la enfermedad invisible. Me apropio de este concepto tan interesante (enfermedad invisible), que tomé de un gran profesional como es Vicente Escudero, gran terapeuta familiar en una de sus formaciones sobre violencia intrafamiliar. El trauma relacional es una forma de caracterizar la ruptura de la seguridad y estabilidad que sufren las personas de forma abrupta, traumática. Ante situaciones difíciles, si el/la menor percibe de su figura de apego ausencia, desregulación, desvalorización, abandono, desinterés, se pierde la esencia de lo que el vínculo supone. Se transforma en doloroso el vínculo con el ser querido. El impacto que tiene en el desarrollo de las personas este hecho, puede desencadenar graves problemas psicológicos en ellas.

En el marco de la violencia intrafamiliar, cuando los padres y/o madres ejercen ese comportamiento agresivo, provocan un daño difícil de reparar si no se aborda de forma inmediata. Normalmente, los padres y las madres agresoras suelen presentar una historia propia caracterizada por maltrato psicológico y/o físico. De alguna manera, reproducen los mismos patrones agresivos que en su momento, cuando eran niños/as y/o adolescentes, tuvieron que sufrir. En este sentido, la intervención psicológica se debe extender a todo el sistema familiar, detectando las dificultades propias de cada miembro de la familia y de la familia entera. La tarea no resulta nada fácil, pues las resistencias individuales de cada miembro de la familia resultan, muchas veces, infranqueables y son las que dificultan el avance del proceso terapéutico. En este sentido es necesario introducir en este trabajo el concepto de competencias parentales (Barudy y Dantagnan, 2010), las cuales hay que evaluar en los casos de VI porque puede que estén afectadas y se necesite una valoración e intervención también a este nivel.

A continuación, se desarrollan una serie de claves concretas que pueden facilitar el abordaje de esta casuística tan compleja:

Identificar claramente la dificultad. Negación del problema familiar (no existe el problema, se minimiza o se normaliza); la aceptación de incontrolabilidad de la situación (no existe control sobre el problema). Teniendo en cuenta ambos elementos, tendremos que adoptar una estrategia concreta u otra.

“Conectar antes de corregir”. Es importante ofrecer a la familia el espacio y la confianza adecuados para que se puedan integrar y colaborar en el proceso terapéutico. Nos encontraremos familias muy desestructuradas, por lo que el establecimiento de la alianza terapéutica ha de ser esencial. Compartir el propósito terapéutico (conseguir solucionar el problema, dar la oportunidad de cambio) será el objetivo a trabajar durante la terapia.

“El pasado es pasado y presente”. Abordar las experiencias pasadas de los miembros de la familia, que puedan permitir comprender las reacciones violentas, facilitarán el abordaje de su resolución. A través de la metodología EMDR podemos acceder a esas experiencias sin resolver, que se quedaron enquistadas en el sistema de la persona. De esta manera, se podrá digerir el trauma, reparar el daño y promover una alternativa adaptativa para el futuro inmediato.

“Todo es adaptativo para vivir, pero ya no funciona”. Tras los pasos anteriores, poder descomponer esa dinámica negativa en la que están atrapados los miembros de la familia, les ayudará a poder resolver sus dificultades y poder encontrar una mejor y mayor calidad de vida. Salir de ese entramado negativo, y generar alternativas de cambio, permitirá dar respuesta a una demanda real: ya no se puede vivir en esa circunstancia. Este ejercicio implica el desarrollo de la implantación de un trabajo terapéutico exhaustivo y riguroso, a través del aprendizaje de nuevas estrategias y herramientas terapéuticas (habilidades de comunicación, técnicas de control emocional, etc.).

El trabajo terapéutico con las familias que sufren episodios de VI busca, no sólo eliminar esos episodios, sino también reparar los patrones disfuncionales que dañan continuamente el vínculo entre sus miembros. Abordar estas problemáticas significa poder facilitar a los miembros de esa familia (y a la familia como sistema) desarrollar esa capacidad de resiliencia que les permite poder sobreponerse a esas situaciones tan negativas. Sobreponerse a esas experiencias, sin duda, se convierte en un reto a conseguir.

Esta entrada se publicó originalmente en la web www.buenostratos.com, el blog de la RED APEGA de profesionales. Puedes leer la publicación original aquí.

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